
Periodistas que estaban en Buenos Aires en el momento de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner para qu nos contaran sobre cómo vivieron ese momento, el de la noticia y qué pasó en el país a raíz de ese hecho que, sin dudas, representa una bisagra histórica.
Aquí, sus opiniones, especialmente preparadas, a un año de la sorpresiva muerte de Néstor Kirchner.

Rodolfo Braceli, periodista y escritor:
A un año de la muerte de Néstor Kirchner puedo escribir, textualmente, lo mismo que escribí cuando no habían pasado 24 horas de su deceso. El desprolijo, impertinente, vehemente, calentón Kirchner no fue un presidente más, y al cuete. Pasará entero a la historia. Entero. Nos deja un país crecientemente inclusivo que se sobrepuso a la prostitución de las relaciones carnales. Como presidente se hizo cargo de un país en el que no sólo se habían vendido las joyas de la abuela, se había rifatizado a la abuela también; cargo se hizo de un país-agujero con forma de mapa en el que no habían quedado ni los mástiles (desgracia con suerte, porque en los años noventa, ¿qué bandera íbamos a izar?).
En fin, este hombre soñó a rajacincha, soñó haciendo: al bastón presidencial no lo tomó, lo agarró con desparpajo y alegría, y enseguida metió manos a la obra, se arrojó a trabajar furiosamente. Desechando los buenos modales, se puso a trabajar cuarenta horas por día; a trabajar para que esta sociedad invertebrada, la nuestra, pudiera escapar del prostíbulo. Dejó a una Argentina en trance de ser un país digno y diferente. Diferente porque digno. Así es: puedo reiterar, sílaba por sílaba, aunque no lo voté, lo que escribí sobre Kirchner hace un año. Luchando por ese país digno y diferente, el hombre, Néstor Kirchner, no ha muerto, como dicen, por un infarto: ha muerto haciendo política cuarenta horas por día. Ha muerto de muerte natural.

Hugo Alconada Mon, jefe de Investigación del diario La Nación:
La noticia de su muerte me resultó un shock, un golpe tan inesperado como potente. Estaba en casa, escribiendo un artículo menor cuando recibí un mensaje de texto desde Río Gallegos. Sólo decía "Murió". Obvio, pregunté quién había fallecido y seguí con lo mío. Cuando llegó la respuesta, fue como un sopapo. Prendí la tele, me metí en Internet, empecé a llamar y le avisé a mis jefes que contaran conmigo para viajar al Sur, pero al final enviaron a los colegas asignados a la Casa Rosada.
Estacionado en Buenos Aires, sin embargo, junto a un puñado de colegas presencié el cortejo fúnebre que, desde la Rosada y rumbo al Aeroparque, pasó por Paseo Colón, a metros de la sede de La Nación. Bajamos y nos quedamos junto a miles más bajo la lluvia mientras pasaban su féretro, la Presidenta y otros muchos en distintos coches.
Sorprenderá, acaso, lo que cuento, dado todo lo que los investigué al ex Presidente y a muchos de sus colaboradores y empresarios amigos en múltiples escándalos y casos de presunta corrupción. Pero eso no quita que lo respetara (incluso dialogamos varias veces, aún un par a solas) y que le reconociera muchas acciones positivas.

Fernando Iglesias, periodista y diputado nacional
Mi primer pensamiento cuando supe que NK había muerto fue, claro, sobre la fugacidad y futilidad del poder de los hombres.
Después pensé que los que lo habían empujado a abandonar la clínica y a participar de un acto en el Luna Park tres días después de la operación nos iban a echar la culpa a quienes habíamos dicho que era una locura.
Y así fue.

Fernando Rodríguez, editor de Información General de La Nación:
La noticia de la muerte de Néstor Kirchner fue de un gran impacto emocional; aquel día los periodistas amanecimos enfocados en la gran fiesta cívica del censo nacional, y terminamos la jornada sumergidos entre las certezas que deparaba el hecho y los interrogantes que abrían sus efectos. Eran aquellos momentos de gran crispación política, en un escenario en el que Kirchner aparecía como eje indiscutido, una figura que, incluso, eclipsaba a la de su esposa, la Primera Mandataria. Su repentina e inesperada muerte congeló todas las discusiones y, a partir de entonces, galvanizó en el imaginario social y político todas sus virtudes por sobre los males que, en esos días, se decía que él encarnaba.
Creo que su desaparición liberó las ataduras a la Presidenta, y a partir de entonces Cristina Fernández pudo imponerle su impronta al modelo de gestión que, con mano firme, había moldeado y dirigido su esposo. Desde entonces, su figura cobró estatura de mito; él –la memoria- fue el estandarte de las bases que apoyan y sostienen el modelo kirchnerista; su viuda, la que lo lleva a la práctica en su nombre. A un año de su desaparición física, Néstor Kirchner es memoria viva.
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